Transformar las ferias de ciencias: una propuesta desde EEUU
Publicado el 03 de Agosto de 2026

I.Diego. 03/08/2026

 

En el artículo «Rethinking High-School Science Fairs» publicado recientemente en Asterisk, Leah Libresco Sargeant —que en su día compitió en las principales ferias de ciencias de EE. UU.— sostiene que estos concursos se han alejado por completo de su propósito original.

Conviene aclarar antes de empezar que el artículo original está escrito desde la experiencia estadounidense, donde las ferias de ciencias tienen un peso y una tradición muy distintos a los que conocemos en España. Allí existe todo un ecosistema de competiciones nacionales con financiación millonaria, más de 350 ferias regionales que actúan como filtro previo, y un vínculo directo y muy asentado con las admisiones universitarias, que convierte estos concursos en una pieza clave del expediente de cualquier estudiante con aspiraciones académicas.

En España, aunque cada vez hay más iniciativas de este tipo (, no tienen ni de lejos esa centralidad ni esa presión competitiva asociada al acceso a la universidad. Aun así, creemos que el diagnóstico de fondo del artículo —que estamos premiando el resultado brillante por encima del proceso de pensamiento científico— es perfectamente trasladable a nuestras aulas, y por eso merece la pena traer esta reflexión al debate educativo español.

La autora recuerda su experiencia en el instituto: pasó un verano haciendo prácticas en un laboratorio profesional (Cold Spring Harbor), donde participó en un proyecto ya diseñado por otros, sin poder tomar decisiones propias sobre qué investigar. Aunque ganó premios importantes, sentía que aquello tenía poco que ver con «pensar como científica». En cambio, el trabajo de un compañero suyo que diseñó su propia encuesta sobre la vacuna del Virus del Papiloma Humano (VPH) —con menos prestigio y peor resultado en el concurso— tenía, en su opinión, mucho más calidad científica que el suyo.

El texto recorre la historia de las ferias científicas en EEUU: nacieron en los años 20-30 de la mano del educador Morris Meister, pensadas para fomentar la observación y la curiosidad en todos los estudiantes, no solo en los más brillantes. Con la Segunda Guerra Mundial, sin embargo, el objetivo cambió: se convirtieron en un mecanismo para detectar a futuros grandes investigadores al servicio de la seguridad nacional, y hoy en día funcionan sobre todo como currículum para entrar en la universidad. El resultado, según la autora, es que los alumnos ya no exploran preguntas propias, sino que se «enganchan» a laboratorios prestigiosos como becarios glorificados, compitiendo para demostrar que son mejores que sus compañeros en vez de aprender a razonar científicamente.

La autora también critica cómo se enseña el método científico en las aulas: se da primero la respuesta «correcta» y luego se pide a los alumnos que la reproduzcan, empujándolos a maquillar resultados en vez de aprender a lidiar con datos ruidosos o resultados negativos.

Como propuesta, plantea reinventar el formato de la feria científica con categorías más honestas y formativas, entre ellas:

  • Resultados nulos: premiar experimentos bien diseñados que no encontraron nada significativo.
  • Propuestas y pilotos de estudio: valorar el diseño y la viabilidad de una investigación, no solo sus resultados.
  • Réplica meticulosa: reproducir estudios clásicos poco replicados, o volver a analizar datos públicos de estudios preregistrados.
  • Detección de fraude: premiar a quienes detecten errores, manipulaciones o violaciones de protocolos preregistrados en la literatura científica existente.

La idea de fondo es simple: lo que debería puntuar en una feria de ciencias no es «descubrir algo importante», sino aprender a diseñar bien una pregunta, asumir el fracaso como parte del proceso y desarrollar el pensamiento crítico propio de un científico, algo que —según la autora— vale mucho más a largo plazo que cualquier medalla.

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